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Enojo con sentido

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Si usted se enoja que sea con sentido; no le dé nunca cabida al enojo para manipular, violentar, chantajear o amedrentar a otros. El enojo o la ira –tanto personales como colectivos– son emociones inherentes al ser humano y, de hecho, son grandes combustibles para cambiar de un estado a otro; por ejemplo, si usted vive una depresión profunda por mucho tiempo, es mil veces mejor que salga de ella con el poder de su enojo –dirigido y con sentido– a que se quede en ese pantano. Por supuesto que no es el estado final, sino uno más del gran abanico de colores de nuestras emociones humanas; pero debemos ser muy cuidadosos al notar por qué, cómo, con qué o con quién, y para qué estamos enojados/as.

El enojo en su estado puro nos ayuda a establecer el límite de nuestro campo de movimiento o derecho para que otros no lo transgredan y enciende nuestras alarmas ante cualquier injusticia o perjurio injustificado. Pero debe usted ser siempre muy cauteloso/a al identificar que su enojo venga natural, que tenga un propósito y, sobre todo, un sentido para algo positivo, porque de no ser así, entonces estará usted cruzando esa finísima y delgada línea entre la ira genuina y la manipulación para el abuso del poder o el chantaje para la victimización.

Cuando el enojo se vive desde lo más auténtico tiene siempre una razón de ser y dura el tiempo necesario para resolver lo que vino a enseñarnos; pero utilizarlo para construir una forma de vida, es ya hablar de escenarios e intenciones muy distintos. Recuerde siempre poner la vista en la intención. Cuide siempre de no volverse un manipulador profesional o un chantajista que camina con bandera de justiciero, porque la ira es uno de los siete pecados capitales, y de esta manera, una polaridad destructiva, y una tarea con la cual trabajar. La violencia tiene su principal descanso en un enojo perene al cual nunca se le dio sana salida, y una atmósfera violenta siempre será nociva. El enojo genuino se hace notar, se expresa, es fresco, sale como ráfaga de fuego, quema, arde y hace su tarea al momento; es indignación benigna. El resentimiento es enojo que se ha podrido, es sangre purulenta que da vida a la violencia y que tiene las cabezas de uno de los monstruos más aterradores para y del ser humano: la manipulación, la amenaza, el abuso y el chantaje.
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